Cuando me sirvo un vaso de agua, bebo del mismo hasta que ya no tenga sed y lo poco que queda lo vierto en el lavaplatos. Jamás había pensado mucho en esta acción hasta esta semana, en la cual el suministro de agua de la ciudad de Panamá fue suspendido. El acto es tan inconciente, que creo que no me doy cuenta cuando lo hago. En ningún momento había considerado que esta acción fuese equivalente a botar agua, hasta que me encontré con muy poca agua guardada y ninguna saliendo del grifo. El suministro de agua potable nos hace sentir seguridad. Nos hace sentir que vivimos en un mundo justo y digno, donde todo ciudadano puede abrir una llave y saciar su sed. El agua es casi un derecho humano. O no?

Imagino que en otros países donde el agua del grifo no es potable, la acción de botar agua es impensable. Al tener que comprar agua embotellada, la misma deja de ser una constante para convertirse en una comodidad, y las comodidades no se desperdician.

Personalmente no bebo agua embotellada en plástico. Siento que tiene mal sabor. El grifo de mi cocina tiene un filtro y de ahí sale el agua que bebo. No tiene sabor ni sedimentos. La embotello en garrafones de vidrio, y si la quiero llevar conmigo relleno botellas de vidrio mas pequeñas que me quepan en el bolso. Lo mismo pasa con el jugo. Exprimo las frutas, le agrego agua al zumo y lo embotello. Esto de embotellar si es un hábito que he logrado adquirir, pero: que hay con el agua embotellada en plástico?

Todo este asunto del agua me ha dejado preguntándome sobre la calidad del agua embotellada que se vende comercialmente. He leído muchísimos artículos que cuestionan la procedencia del agua embotellada, la calidad de la misma (al estar expuesta al plástico) y el alto costo de consumirla exclusivamente. En EEUU, por ejemplo, la calidad del agua es mucho mejor de lo que el consumidor promedio esperaría. Y esto me trae al momento actual que vivimos en Panamá con la calidad del agua. Trato de no caer en pánico cuando hay situaciones como la actual. Todavía hoy los supermercados están abarrotados a toda hora (nunca había visto el supermercado tan lleno, un día de semana por la mañana entre quincenas). Las carretillas llenas de botellas de agua. Quedé muy preocupada por el alto consumo, en general, de productos embotellados en plástico.

Y bueno, hoy hubo cambios. En casa estoy hirviendo el agua. No lo hice ayer ni antes de ayer; pero hoy me hablaron de un caso reciente de amebas y aunque sería fantástico perder un par de libritas a punta de vómitos y diarrea… pues de repente no me hace tanta ilusión perder mis días en cama sintiéndome miserable… y sedienta. Llené la olla mas grande que tengo (y que nunca uso) con agua filtrada y la herví. Con ésta he estado rellenando las botellas de la nevera.

No se si la noticia de que “el agua de la pluma no es apta para el consumo humano” sea una táctica de manipulación masiva; tampoco se que tan engorroso pueda ser éste proceso en una casa donde habita mucha gente y hay que hervir muchísima agua y tener muchísimas botellas de vidrio. Igual, me sigue pareciendo mejor idea hervir el agua y guardarla en botellas de vidrio, que comprar docenas de botellas plásticas. Si me van a manipular con el miedo colectivo, pues ni modo, hiervo el agua… pero no me van a hacer comprar nada colectiva y compulsivamente, y mucho menos plástico.

Regreso al agua que solía botar con cada vaso que me servía. Ya no sucede. Me siento mas conciente del valor del agua. El agua que no bebo se queda en el vaso hasta que me vuelva a servir más. La tomo al tiempo, fresca o fría. Me da igual, es agua. Si hay algo que he aprendido esta semana es que hasta la última gota tiene mucho valor. Especialmente los que no bebemos gaseosas, jugos y refrescos procesados. El agua siempre ha sido mi aliada, mi bebida favorita, mi incondicional. Ahora la aprecio mas que nunca. Espero me dure esta lección. Vivimos con memoria a corto plazo, y tendemos a preferir la comodidad a la sensatez.

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