Hoy es lunes y les debo un tip verde para la semana…

Pero acontece que en el cerebro hoy solo me dan vuelta asuntos, dudas y preguntas que tiene que ver con el hacer de educar. Anoche regresaba de la playa y el único tema en el tapete (de 2 horas, entre lluvia y tráfico) fue la educación. Hablaba con una querida amiga y colega y las historias eran conocidas: con otros nombres y otros uniformes pero igualmente frustrantes al fin y al cabo. Llego a casa y qué me encuentro en los papelitos que me pasan los duendes por debajo de la puerta?… más educación… así que ni modo, seguiré por aquí, que si me dan cuerda no me callo y ya lo saben.

El punto en común en la mayoría de los conflictos a nivel de educadores tiene que ver con la insatisfacción con las instituciones a las que nos toca pertenecer. Me parece que todos los docentes, (si llegamos a la docencia voluntariamente, por vocación y no por conveniencia o accidente) tenemos bien claro el porque de la práctica. Visualizamos con claridad el espacio de crecimiento, lo multiplicamos y expandimos acorde con las necesidades de cada grupo, y de cada niño en ocasiones. Somos facilitadores y creyentes en el infinito potencial de cada ser humano, sea cual sea su procedencia o inclinación. Amamos las posibilidades y nuestra bandera es la libertad.

¿Qué sucede cuando un docente se encuentra en una institución que no ve con buenos ojos la libertad personal, de espíritu o de pensamiento? ¿Cómo es esto posible, que una escuela no crea en seres libres? Y es que la libertad no trae manual de intrucciones y cada institución tiene su corte, estilo, dogma o “target group”, llámele como se le llame. Las escuelas, entonces, tienden a ser excluyentes en la mayoría de los casos (y con lo de moda que está la “inclusión”). Algunas son elitistas, aunque lo nieguen a punta de servicio social, otras se venden como liberales y constructivistas y estan llenas de prejuicios. No se practica la comunicación abierta y con el tiempo se corroen en bajezas y mentiras inspiradas en la codicia. De todo y para pocos hay, y con muy poca diversidad, lastimosamente.

Es muy duro. Es muy doloroso también tener que participar de ideales a medias para cobrar un sueldo mensual. Se siente uno como vendido, y al tiempo te afecta la falta de motivación y el desamor hacia lo que realmente te define, que es dar y apostar a lo positivo del ser humano.

El problema es real y somos varios los “docentes disidentes” que estamos en proceso de construir mecanismos educativos más libres, más abiertos y menos forzados. Pero, y esto concretamente, que significa? Tal vez un mecanismo de sustento económico alternativo para el docente y a la vez una propuesta distinta, positiva y constructiva para los centros educativos tradicionales. El docente retoma su bandera de innovador, explorador y guía.

¿Cómo balanceamos la necesidad de la institucionalidad y el ideal de una educación basada en la gestión de las emociones básicas? Cómo conjugamos las necesidades particulares de algunos pocos con la avalancha de carencias emocionales la mayoría? ¿Cómo insertamos los valores de nuestra existencia moral común en un currículo educativo sobre-diseñado y engordado de aditivos insulsos e innecesarios?

Apuntemos con certeza. Miremos con el bien común en mente y saquémonos de la cabeza que educamos de manera distinta, contenidos distintos para niños distintos… que los niños que yo conozco son bastante iguales todos, y mientras más los observo (y no me canso de observarlos), más iguales los percibo. Iguales y perfectos todos, listos para un mundo de ellos, por ellos y para ellos.

¿Y que hacemos con tantas preguntas? Empecemos a buscar posibilidades que generen respuestas, para generar así …aún mas preguntas y más espacios de crecimiento.