Hoy en la tarde escuché unas palabras que han calado mucho en mi. No he dejado de pensar en su significado, en su fuerza y más que nada, en su verdad.

Escuchaba un canto muy bello acompañado de una danza. El canto hablaba de los dioses y sus regalos al hombre. Como el Viento y el Agua crearon corrientes, el Árbol se aferró a la tierra y las Aves y los Animales y el Hombre la poblaron. El buen Hombre, entonces, baila, celebra y abraza a la Tierra. Ama profundamente todo lo que la habita. Avergonzado, pide disculpas a la Tierra por tener que caminar sobre ella.

El hombre pide disculpas, pide perdón, se empequeñece, humilde ante la bondad infinita de la Madre que lo ha creado, la Fuerza que le ha dado Vida.

Este pedir disculpas, el acto de contrición ante una fuerza que todo lo da y que todo lo puede ha tenido hoy mucho sentido para mi mas allá de cualquier sentido religioso. Lo he entendido en el sentido práctico, en la conciencia de una verdad humana y lo he entendido de una manera tan lógica y sencilla que no cabe espacio para la duda. No solo debo dar gracias por el aire, el agua y la tierra; también debo pedir disculpas por que mi condición humana es inferior y no me permite ser esencia, solo viajero, explorador, caminante.

Creemos ser grandes, poderosos y sabios. Creemos que tecnología y ciencia nos hacen superiores. Que ilusos somos.

Hoy lo veo tan claramente. Caminamos en el mas hermoso regalo; nos da sustento, energía y vida; nos comparte secretos y nos brinda y felicidad y bienestar.

Como es posible no cuidarla, celebrarla y tratar dentro de nuestras posibilidades de no truncar sus procesos naturales. Es mirar a la tierra y sus bondades como fuente de vida y abundancia. Es respetar sin cuestionar y amar profundamente la vida y la Tierra que nos la regala, la tierra que sostiene nuestros pasos todos los días.