En varias ocasiones vemos a docentes y padres enarbolando la bandera de la felicidad como prioridad educativa en el entorno escolar. Queremos una escuela donde los niños sean felices! He trabajado en lugares donde la felicidad del niño forma parte de la oferta educativa.

Siempre me da un poco de dolor de barriga cuando escucho estas frases, ya que la felicidad se puede entender de muchas maneras. ¿Se puede entender la felicidad como un objetivo educacional? como una meta académica? ¿Se puede entender la felicidad como algo adquirible?

La felicidad para un niño de 7 años tal vez tenga poco que ver con la escuela y mucho que ver con el Nintendo. Me parece poco acertado vender un proyecto educativo basado en la felicidad del niño como fin, mas allá de la felicidad como el camino del aprendizaje. Y esto es muy difícil de diferenciar y enseñar; tanto a padres como a niños.

Comencemos por entender que los niños viven en un mundo real, lleno de carencias y desafíos. El fracaso es una parte importantísima de la faena educativa. Hay escuelas donde la palabra “fracaso” es tachada de insensible, soez y contraproducente. ¿Cómo se le llama entonces a tener que hacer algo varias veces para que salga bien? ¿Cómo se le llama a caer en el intento y tragar orgullo y sacar coraje para obtener lo que anhelamos? ¿Cómo enseñamos perseverancia cuando esta prohibido fracasar? Mas preguntas que respuestas es la constante en la labor educativa.

Mas allá de la felicidad como un fin, enseñemos a tomar una pésima situación y hacer algo positivo con ella. Enseñemos a aceptar que no cumplimos las metas, que no fuimos los suficientemente ágiles, buenos, dispuestos… y entendamos que la felicidad es rectificar, compartir, aceptar la derrota y aprender de ella. El camino hacia la “perfección” (educación) del ser humano es largo y agotador, lleno de contratiempos y espejismos; y el ser humano es imperfecto en sus anhelos y acciones. Felicidad en la escuela tiene poco que ver con los recreos y mucho que ver con salir de la oficina del director con una nueva meta, con un plan, con alguna lección después de un desacierto; pero con una medida correctiva muy bien doblada en el bolsillo.

Quisiera ver una escuela que tuviera una visión mas humana en cuanto a la función de la infancia. La niñez no es una época de latencia o preparación para la adultez. La niñez es una etapa en sí misma, con carencias y necesidades; pero también con grandes bondades. Un niño de 7 años entiende perfectamente que la felicidad es plantar una semilla y cuidarla mientras crece, mientras despunta y ponerla en tierra cuando le salen raíces firmes. Entiende y saborea cada uno de esos procesos. Y deberá entender también que si las raíces de su planta se secan o se pudren, tendrá que empezar nuevamente, con un aprendizaje propio, adquirido y entendido como experiencia personal. Aprendizaje a través del fracaso.

Las escuelas que reciben a niños sin carencias materiales, procedentes de hogares donde tal vez se confunda lo material con la felicidad tienen una responsabilidad inmensa. Nos toca formar a personas que deben entender y apreciar la empatía y la humildad desde muy temprano. Y también aprender del fracaso, valorarlo y apreciarlo en su magnitud de posibilidades. Posibilidades de crecimiento. En la felicidad mal entendida crece la inmadurez y la mezquindad; y educar a la inmadurez y a la mezquindad no es tarea fácil.

Deseo aportar a una escuela que plantee en su misión la felicidad como vehículo, como camino, como experiencia colateral. Quisiera trabajar en pro de una generación de jóvenes empáticos, comprometidos con el bien común, instruidos en la perseverancia y la seguridad de que detrás de cada desacierto, de cada fracaso hay un millón de posibilidades para hacerlo mejor.