He estado pensando en escribir sobre el tema de la (hiper) medicación hace meses. Lo he intentado sin buenos resultados en varias ocasiones (es difícil controlar el despecho); y bueno, comienzo este escrito con algo de aprensión, … aquí voy…

Somos adultos. Amigos cercanos ya pasaron los 40 y se encuentran en un momento en el cual evalúan su estilo de vida. Algunos se hallan rodeados de grandes logros materiales, otros emprenden nuevamente proyectos del corazón (después de dolorosos desaciertos) y la gran mayoría se choca con la realidad de que nuestros cuerpos no compaginan con la vitalidad de nuestras mentes.

Tenemos algo de sobrepeso, nuestras casas parecen una estación de tren; en la cual todos salen y entran a distintos horarios, casi sin vernos, sin darnos un abrazo, un hola, un buenos días, un te amo. Revisamos el cajón de medicamentos de la cocina y notamos que hay mas drogas ahí que en el recuerdo de la fiesta más oscura y sórdida de nuestra juventud. Todas estas drogas las consumimos a diario a través de la prescripción de un médico. Muchos médicos, uno para cada síntoma.

Tomamos drogas para la presión, y para la depresión, para la migraña, para los dolores musculares, para quedar embarazadas, para no quedar embarazadas, para el colesterol, para los nervios, para dormir, para no dormir… hay una droga para todo. Lo interesante de esto es el nivel de dependencia que tenemos con esa gaveta de medicamentos. Se y entiendo que hay medicamentos que nos proveen del alivio necesario para poder tener calidad de vida, pero no estoy tan segura que tanto entendemos de la interacción entre drogas y la prevención a través de hábitos y nutrición.

Con el permiso de mis queridos amigos médicos (que respeto y aprecio muchísimo por el compromiso absoluto que conlleva sanar a los demás); en ocasiones me parece que medican a los síntomas sin terminar de entender de donde proviene el malestar y porqué. Ayer en la tarde conversaba con un entusiasta de la educación sobre el incremento en los diagnósticos neurológicos en niños de edad escolar. El tratamiento inmediato es farmacológico. Estos casos me afectan, me preocupan y también me enfadan. Me tocan muy de cerca. Muy personalmente. Disculpen mi honestidad. Sin ánimo de ofender ni asustar a nadie les comparto mi farmacopea.

A los 11 años (aproximadamente) tuve mi primera migraña debilitante. Nunca antes había sentido un dolor parecido; era intenso y extremo. ¿Cómo se le explica a una niña de 11 años, que el dolor (que durará horas o tal vez días) pasará, que sea valiente, que se relaje, que no se contraiga…? Recuerdo a mi mamá, acostada a mi lado, hablándome como una partera le hablaría a una parturienta. Las migrañas eran esporádicas. No hubo visitas al neurólogo. A los 13-14, después de una visita al psiquiatra (60 min.) me diagnosticaron y medicaron.

Año 1986-87. No existían antidepresivos SSRI aprobados en el mercado en esa época. Empecé a tomar antidepresivos tricíclicos (TCA’s) en tabletitas interminables. Tofranil (imipramina) y otro medicamento parecido, del cual no recuerdo el nombre. En el transcurso de la terapia hubo que subir mucho la dosis. Recuerdo tener al menos 7 pastillas en la mano para llegar al gramaje recetado. Esta vez regresaron las migrañas, y con furia. Ahora si que hubo neurólogo, y muchos exámenes. El doctor no se atrevió a medicarme debido al alto nivel de drogas que estaba procesando mi organismo (hígado) en ese momento. En pocas palabras… aguante callada.

Se cambia el medicamento, Ludiomil (maprotilina) y luego un NRI Vivalan (viloxaina). Aquí la memoria me empieza a fallar. Tomé un par de IMAO por un tiempo, Aurorix creo. Luego Tegretol (antiepiléptico) y Litio con algo más… El lapso del Tegretol me parece que es el más borroso. Le he pedido varias veces al psiquiatra que me atendió durante esa época mi ficha médica. A la fecha no me ha dado respuesta. La sigo, y la seguiré pidiendo.

Creo que es mi derecho saber y tener por escrito la cantidad de drogas a las cuales fui expuesta, en que dosis, por cuanto tiempo y bajo que premisa. Ese es mi análisis y posición actual, de adulto. En algún momento, como a los 24 o 26 años me prescribieron Prozac (SSRI) en una dosis manejable. Personalmente creo que me salvó la vida. No se si exagero, pero calidad de vida es poder participar de ella, no? Al pasar los años (en neutral… como decimos los iniciados) decidí investigar a fondo el diagnóstico de trastorno depresivo (depresión mayor, ciclotimia, distimia o similares).

De lo primero que me percato es que mis trastornos de estado de ánimo y migrañas comenzaron con la pubertad. Tuve el primer periodo menstrual y se me vino el mundo encima. No tendrán que ver las hormonas algo en este paquete interminable de diagnósticos a medio palo? (Una neuróloga escribió como resultado de un electroencefalograma : “semi patológico”… que significa semi patológico? Que clase de diagnóstico es este? Me parece que tengo mucho coraje todavía. Me disculpo. ¿Por qué ningún médico me mandó un laboratorio de perfil de hormonas? (Mi pediatra me refirió a un psiquiatra antes de referirme a un psicólogo, endocrinólogo o nutricionista.)

Los niños no se sienten agraviados, no entienden de negligencias por parte de las personas que deben tener su bienestar como prioridad. Ellos entienden que los adultos están tomando las decisiones correctas, las adecuadas para cada caso. Medicar a un niño debe ser la última elección en la lista de opciones, después de haber consultado y conversado con el nutricionista, el homeópata, el neurólogo, el psicólogo escolar, el maestro, el colegio, etc. ¿Qué opinan los padres? No se puede tomar una decisión tan importante a la ligera y sin explorar opciones. No tengo resentimiento hacia mis padres, pero hubiera preferido que se hubiesen involucrado un poco más en la toma de decisiones. Es un tema delicado, con múltiples aristas y mucha carga emocional. Cuando le pregunto a mi mamá al respecto, es poco lo que recuerda. Para mi es difícil armar el rompecabezas solo valiéndome de mis recuerdos y sin una ficha médica a mano.

¿No te hacen falta los medicamentos?, me preguntan en ocaciones. ¿No sientes miedo? ¿Te sientes bien? Te siento triste, o cansada… has ido al médico?

(insert happy pill commercial here)

No creo estar más triste, cuando lo estoy, que el resto de los mortales… tampoco espero que el cansancio y el insomnio se alejen si no hago algo al respecto con mi horario, comidas y manejo del estrés. Me hago responsable de lo que siento y lo encaro de la mejor manera. Si encuentro algo que está fuera de mis manos, busco ayuda. Tomo las herramientas y las uso. Tomo acción, busco y participo. Investigo.

Más miedo me daría quedar embarazada y tener un cuerpo intoxicado. Confieso que me da pánico tener hijos, y que pudiesen ser afectados por lo que contenga mi organismo. Me da algo de coraje tener que lidiar con secuelas de “interacciones” y “efectos indeseables” de tratamientos médicos.

He aprendido a creer que el cuerpo es una máquina perfecta. Máquina que es abusada a diario por los usuarios, nosotros mismos. Usamos la mejor gasolina para nuestros automóviles y el simple y sencillo acto de tomar agua para eliminar toxinas de nuestro organismo es obviado.

Más que nunca encuentro respuestas en las plantas y sus maravillas. Encuentro respuestas en la tierra y sus compuestos, y también en el ciclo reactivador  y regenerador de la naturaleza. Encuentro respuesta en la nutrición balanceada y en el análisis profundo y objetivo de la información disponible. Encuentro alivio cuestionando y buscando alternativas.

Este es mi caso personal. Hay miles, millones de otros en el cual la farmacoterapia a largo plazo ha surtido efecto y salvado vidas. Esto es admirable. Ver a un niño que anteriormente (incapacitado por convulciones o tics) no podía paraticipar activamente de su vida; lleno de alegría por poder estar en el salón de clase o poder jugar con los compañeros me emociona muchísimo. Es la maravilla de la medicina moderna.

Pero recordemos simpre que la medicina es un logro humano, celebrémosla; y tengamos siempre presente que la naturaleza es un logro infinito; ese, venerémoslo.