Hace un par de años recibí una llamada en el colegio donde trabajaba. Una señora quería hablar conmigo sobre plantas. Para esa época estaba muy involucrada con el jardín comestible del colegio y mis estudiantes estaban publicando el progreso del proyecto a través de blogs en el Internet. Tenía algo de sentido que alguna maestra me contactara para algún consejo académico o alguna consulta sobre el jardín. No me esperaba la historia de la Sra. Frania.

Conocí a Frania Eissen en su casa después de haber conversado por teléfono en muchas ocasiones. Su hijo mayor, que vive en EEUU, había estado investigando plantas medicinales y había encontrado información sobre la Chaya.

La Chaya es un arbusto liso herbáceo, que pertenece a la familia de las Euforbiáceas y cuyo nombre científico es Cnidoscolus chayamansa. Se le llama también espinaca de árbol y es originaria de México y Guatemala en donde se le conoce y cultiva desde tiempos precolombinos. Crece muy bien en nuestro clima, aunque se conoce poco en Panamá. Es considerada una de las plantas mas nutritivas por su alto contenido de vitaminas y proteína. Este pasaje sobre la Chaya me gusta mucho:

José Díaz Bolio (1906-1998), conocido maestro de la ciencia Maya, en su crónica etnobotánica dedicada a dicho vegetal, comentó que, al combinarlo con el maíz y con la pepita de calabaza -llamada “ziquil” -, da lugar a un alimento excepcional, capaz de asegurar la subsistencia del ser humano durante largo tiempo.

El especialista meridano… relató su propia experiencia después de tomar un atole elaborado con ambos nutrientes…

… Pues bien, licuó dos cucharadas colmadas de harina de soya, cinco hojas de chaya -de tamaño regular-y medio vaso de agua. Aparte, en una olla de peltre, puso a hervir la cantidad de un vaso de agua. Tan pronto rompió el hervor, añadió lentamente lo licuado, que coció durante cinco minutos sin dejar de moverlo. Transcurrido ese tiempo, lo retiró del fuego y utilizó miel natural para endulzarlo.

“El resultado fue – describió Díaz Bolio – que a las tres de la madrugada despertamos con una sensación de resistencia física inusitada. Fue como si hubiésemos cenado un bistec de un cuarto de kilo de carne de res, pero sin los inconvenientes de la carne. Nos sentíamos sobrados de energía y con ánimos de encender la luz y ponernos a trabajar”.

Le estuve mandando hojas de Chaya a la Sra. Frania por algún tiempo para que le prepararan sus licuados. De nuestras conversaciones telefónicas sabía que padecía de cáncer del páncreas y que aunque frágil, seguía con muchas energías. Cuando las plantas de la escuela estuvieron lo suficientemente firmes y grandes para cortar estacas, corté unas cuantas para llevarle. El tiempo lunar era fantástico para el transplante. Llegué a su casa y me recibió con cordialidad. Por fín su voz tenía una cara! Y era una cara hermosa. Nos sentamos en su cocina a conversar como viejas amigas. Con voz muy firme me hablo de su enfermedad, de su vida, de su familia. Historias que se remontaban al Holocausto. Su nieto llego a interrumpir en varias ocasiones para ver a las estacas milagrosas, un hermoso niño coleccionista de semillas. Frania me presento a su esposo y al resto de sus nietos, vimos fotos. Caímos en cuenta de que tal vez nos pudimos haber conocido con anterioridad en el Hospital del Niño; donde ella había sido voluntaria por muchos años y yo había dictado talleres de arte. También nos atendíamos con el mismo homeópata.

Hablamos bastante esa noche. Hablamos sobre plantas, sobre la salud y sobre la fe. Me dijo muy convencida, que nuestras vidas se habían cruzado por algún motivo, que sentía que Dios estaba sentado con nosotras en esa cocina. Frania me regaló una sábila esa noche. Cuando nos despedimos le pedí que no solo tomara el licuado de la Chaya, ya que la pulpa era muy nutritiva también. “Me cuesta tragar, sabes… es doloroso, pero yo trato…” Le di un abrazo y noté la fragilidad de su cuerpo. Su esposo me abrazó también. No fue hasta mediados del año pasado que supe que Frania había fallecido.

Estaba en mi casa y lo primero que miré al saber la noticia fue la sábila que me regaló la noche que la conocí. “Sabes que Frania me regaló esa sábila…?” fue lo que le dije. Y ahí estaba, (aquí esta) fuerte y verde. Sana. Claro que lloré, me dio muchísima tristeza saber que la Sra. Frania ya no estaba con nosotros. Pero no dejo de preguntarme si Frania me acompaña, fuerte y firme, en las plantas que me rodean todos los días.